Melodías de George Winston describían perfectamente mi insatisfacción con la existencia, porque dos seres que se cruzaron y juraron amarse hasta la eternidad, desaparecieron dejando difíciles rastros de aromas pulverizados en el tiempo, quemaron los grandes ejércitos salvadores de una sola revolución, “el amor” y fue así como todo empezó.
Me desperté y supongo que por razones espirituales me tocaba estar ahí, con los representantes más enigmáticos de la obscuridad, todos muy cerca de mí, seduciéndome con sus elocuentes experiencias fantásticas de la gente y la sociedad, estaba borracho, apenas podía ir más rápido y era imposible dejar de reír, estabas ahí, detrás de mí, viéndome disimuladamente como si no estuvieras allí, abstraído de la tercera persona que emerge entre nosotros dos, lo intangible, lo inimaginable, la manifestación de la energía a través del amor. En revancha, a pesar de la distancia, podía sentir tu calor y las palpitaciones de tu corazón.
Me deje llevar, fuimos a la ciudad y sin querer, innato en mí, percibía destellos de luz de los arquetipos que caracterizan a las almas de esa sociedad, percibía como la gente miente por conquistar el poder y la seguridad, utilizando el fanfarroneo de su intelectualidad, alardeando de sus viajes imaginarios y adquisiciones costosas, la antipatía que los hacían más populares, alimentando sus propios egos, tristemente, humillando al prójimo, olvidando quienes realmente son, y porque están aquí. Vi las fuentes de los parques que tocaban las nubes, vi como cada uno cruzaban miradas en burla del miedo y el amor.
Ya no sé, si te extraño o te odio, ya no quiero ni pensar, porque pensando en ti, solo tengo ganas de salir de mi cuerpo y expandir mi alma, mostrarte de que está hecha e invitarte a revolcarte en ella.
Te engañe al dejarte creer que no sabía nada, que no entendía nada, que no me interesaba absolutamente nada, todo, por el placer de verte brillar, de tenerte cerca. Días después lloré 72 horas y 23 minutos, el tiempo perfecto para descomponerse, sustrayendo de mí, las razones más nobles de mis sentimientos hacia ti, el tiempo en que realmente nos amamos. Debo admitir que lo hiciste muy bien, tu silencio no solo manipulo mi ser, mi vida, mis pensamientos, incluso los más retorcidos, también me arrastraste a los más obscuros reinos del infierno, tenía miedo de tocarte, de besarte.
A pesar de todo lo que estaba sintiendo, disfrutando cada beso, cada respiro, cada abrazo, de ese encuentro majestuoso entre la maldad y la verdad y del placer de fundirse y derretirse, en un estado agonizante, decidí correr lejos, muy lejos, pero esta vez, dentro de mí, y todavía estabas allí, era gris y el lugar estaba encantado, podía hacer música con los colores del viento, podía derretirme y algunas veces congelarme, y era imposible no pensar en ti, estabas por todos lados, en mis manos, en mis brazos, en mi mente, y así, pasaron los días, mirando al cielo, buscando respuestas, escribiendo en la tierra, la belleza de existir, lo extraño de amar, el deseo carnal. Las verdades profundas, las verdades ocultas atormentadas por un deseo infalible de vidas similares, genéticamente perfectas pero incompatibles por extrañas causas físicas del aquí y el ahora.
Malditos sueños de fracasos y aventuras, veo todavía en tus ojos, el morbo que mantienes intacto, que crece y se desvanece, en un ciclo de 24 fotogramas por segundo, lo ocultas en silencio, y te me acercas sufriendo la belleza de poseerme, el adiós perfecto.

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